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¿Cuánto tiempo puedes decir que no?

Empecé pensando que trabajar por un sueldo era una forma moderna de esclavitud. Era una exageración, pero debajo hay una pregunta a la que sigo dándole vueltas: si no puedes permitirte dejar de trabajar, ¿hasta qué punto eres libre?

23 de agosto de 20265 min de lectura
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¿Cuánto tiempo puedes decir que no?

Hace unos días me sorprendí pensando que trabajar por un sueldo se parece a una forma moderna de esclavitud. Sí, estas son las cosas que se me pasan por la cabeza cuando voy paseando por la calle.

Pronto me di cuenta de que usar la palabra esclavo era exagerado. Yo puedo dejar mi trabajo, buscar otro, cambiar de país, ahorrar, intentar montar algo. Quien es esclavo de verdad no tiene ninguna de esas opciones, y comparar las dos cosas es como quejarte del wifi delante de alguien que no tiene agua corriente. Así que abandoné la palabra pero no la pregunta: si no puedes permitirte dejar de trabajar, ¿hasta qué punto eres libre?

Ganar más no es lo mismo que ser más libre

Durante años confundí las dos cosas. Estudiar, buen trabajo, ascender, cobrar más. Y funciona, ganar más dinero ayuda muchísimo. Pero los ingresos, por sí solos, dicen bastante poco sobre la libertad que tienes.

Imagina a alguien que gana cien mil euros al año y se lo gasta casi entero. Casa estupenda, dos coches, viajes, préstamos y un nivel de vida que hay que sostener. Ahora imagina a otra persona que gana cuarenta y cinco mil, tiene pocos gastos, algo ahorrado y un par de inversiones que le dan ingresos extra. La primera es más rica sobre el papel. Pero si mañana su jefe le impone unas condiciones que no quiere aceptar, traga, porque depende del sueldo.

Y esto funciona igual en el otro lado de la pirámide, que era donde yo pensaba que estaba la libertad. Puedes tener una empresa y ser prisionero en ella. Puedes tener diez propiedades y no dormir por las noches, porque también tienes diez hipotecas y diez inquilinos. Ser tu propio jefe a veces sólo significa tener el peor jefe posible: uno que no te deja dormir y encima no te paga las vacaciones.

Así que no creo que tu posición en la pirámide te haga más libre. Hay grados de dependencia. Y yo me he propuesto reducir el mío.

Un jefe majo no te hace libre

Te hace afortunado. Que son cosas distintas.

Ser libre es no depender de que siga siendo majo. Mientras tu vida cuelgue de caerle bien a alguien, de que la empresa no reestructure, de que el cliente renueve, no eres libre del todo. Eres alguien a quien todavía no le han dicho que no.

Por eso he dejado de medir mi libertad en euros y he empezado a medirla en otra unidad: meses de no.

No a un trabajo que ya no quieres. No a un cliente que no te compensa. No a vivir en una ciudad en la que no quieres estar. No a quedarte en una relación porque económicamente no puedes permitirte salir de ella.

No quiero dejar de trabajar

Que quede claro, no creo que trabajar para otro sea malo. Llevo años haciéndolo y me ha dado la vida que tengo. Tampoco aspiro a no volver a trabajar nunca. Me aburriría en dos semanas y acabaría organizando el armario por colores.

Lo que quiero es que trabajar sea una elección. Aceptar un proyecto porque me interesa y no solo porque hay que pagar las facturas. Poder parar unos meses si algún día los necesito. Intentar algo sabiendo que si sale mal no se derrumba nada. Irme cuando deje de compensarme sin que la primera pregunta sea cómo afronto los gastos del mes siguiente.

Eso se parece mucho más a la libertad financiera que una cifra concreta en la nómina.

La pregunta que cambia las decisiones

Si mañana dejaras de cobrar, ¿cuánto tiempo podrías mantener tu vida actual? ¿Un año? ¿Tres meses? ¿Hasta el viernes?

No hay una respuesta correcta y no hace falta que sea "para siempre". Lo interesante es lo que ves cuando miras tus decisiones con esa unidad. El fondo de emergencia deja de ser diez mil en una cuenta y pasa a ser cuatro meses para buscar trabajo sin aceptar el primero que aparezca. La rentabilidad de una inversión deja de ser un porcentaje en una hoja de cálculo y pasa a ser una parte de tus gastos que algún día no tendrás que cubrir vendiendo tu tiempo.

De eso va este blog: de fabricar opciones poco a poco, con un trabajo, una familia, responsabilidades y una vida normal que no puedes poner en pausa mientras persigues la famosa libertad financiera. Todavía estoy lejos y no tengo ninguna fórmula mágica. Voy aprendiendo, probando, equivocándome y cambiando de opinión por el camino.

Quizá la libertad financiera no empieza el día que puedes dejar de trabajar para siempre. Empieza mucho antes, el día que sabes que, si lo necesitas, puedes decir que no.

Y hay una cosa que se come esos meses de no más rápido que ninguna otra. No es tu jefe. Te sonríe desde una app, te felicita por tu aprobación inmediata y viene en cómodos plazos. De eso hablo en el próximo post.

La libertad no se regala. Se construye.

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Cristina Gil

Madre, trabajadora y guiri a tiempo completo, intentando emprender en los ratos que el día me deja. Aquí cuento el proceso de verdad: dinero, vivir lejos de casa y construir algo mío sin dejar mi profesión.

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